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616. Todo es infierno
Autores: David Zurdo y Ángel Gutiérrez



Un grupo de personas exhuma el cuerpo del padre Higinio. Para sorpresa de todos, sus huesos están destrozados y en el interior de la tapa del ataúd se puede leer la frase "Todo es infierno".
Inmersa en un coma profundo, una dama de la alta sociedad parisina observa cómo su alma se dirige hacia la muerte. Cuando está a punto de introducirse en una cálida luz roja, algo extraño la detiene y le quiebra los huesos de las piernas hasta dejarla inválida.
Selva amazónica. Una hoguera. Una ceremonia de magia negra. En mitad del fuego, una presencia indescriptible se alza de entre las llamas y grita la frase "Todo es infierno".
Albert Cloister, miembro de los Lobos de Dios, grupo secreto del Vaticano encargado de estudiar los fenómenos paranormales que suceden en cualquier rincón del mundo, persigue todas aquellas experiencias sobrenaturales que remiten a la aparición del Maligno. En su camino hacia el descubrimiento de la verdad que se oculta detrás de los casos que investiga, se cruza con la psiquiatra Audrey Barrett, cuya biografía esconde un misterio que tan sólo el anciano deficiente Daniel, en estado de trance, le sabrá desvelar.
Las declaraciones de Daniel sumen a la doctora Barrett en un caos vital, pero despejan la investigación del padre Cloister. A partir de ese momento correrá hacia un final tan desolador que, a pesar de haberlo tenido delante de sus ojos, nunca lo quiso ver: A veces la verdad quema.

Primer Capítulo

Preludio:
Un secreto que ni la misma muerte podrá borrar. El hombre habrá llegado al colmo de su resistencia. Tenía el rostro quemado por el sol y sus labios rotos por la deshidratación. Vestía una túnica de lino blanco, ahora rasgada y ennegrecida, sus sandalias estaban deshechas y sus pies recamados de llagas. Caminaba con sus últimas fuerzas, sin rumbo. Antes de empezar la ventisca de arena, creyó ver, con sus ojos casi ciegos, unas formaciones rocosas. Buscó el abrigo de las peñas, pero no fue capaz de alcanzarlas a tiempo. Se tapó como pudo con la tela hasta que, exangüe, se desplomó en el suelo, abandonándose a la muerte y a los buitres que lo seguían desde hacía varias jornadas. Nunca sospechó que acabaría así, cuando la suerte lo había protegido en tantas ocasiones. El ruido del viento fue disminuyendo a medida que sus oídos dejaban de percibir toda clase de sonido exterior. Lo último que se apagó fue el latido de su corazón. Pero aunque no podía oirlo, el órgano de la vida seguía haciendo fluir la espesa sangre por sus venas. El hálito seguía emergiendo de su pecho. La arena lo había casi sepultado, pero aún no estaba muerto. Cuando cesó la ventisca, y el anciano de la cueva lo halló en medio de la duna, estaba pendiendo del último hilo que lo separaba del mundo de los muertos. Como pudo, el viejo eremita de barba blanca llevó al joven a rastras hasta su gruta, al abrigo del implacable sol. Los buitres hacían círculos sobre él, esperando el momento de lanzarse sobre el cuerpo inerte. Por el momento, habían perdido su presa. El anciano lavó la cara del hombre y le humedeció los labios. Luego aplicó un ungüento de grasa de lagarto, que él mismo elaboraba, sobre las quemaduras de su piel. Lo dejó descansar después de colocarle en la boca unas pestíferas hierbas medicinales. Esperó un buen rato a que el desconocido reaccionara a la sustancia de las hierbas. Luego le fue dando gotas de agua, y finalmente pequeños tragos. Por la noche, le dio algo de comida. Al despuntar el alba, al día siguiente, el muchacho podía articular débilmente el habla.
-Te agradezco que me hayas salvado.
-Has tenido suerte. ¿Qué hacías en medio del desierto, solo y sin montura ni agua, en medio de la ventisca? ¿De qué huías? ¿De qué o de quién?
-De mi señor.
-¿Eres esclavo o un hombre libre?
- Ahora soy libre; antes fui esclavo.
- ¿Por eso escapaste?
- No. Escapé para librarme de la muerte.
- ¡Pues a punto has estado de encontrarla aquí!
- Pero tú me has salvado.
- ¿Por qué motivo temías morir, allí de donde vienes?
- Me enamoré de la esclava favorita de mi señor.
- El amor trae siempre disgustos. Yo una vez amé al más puro de los hombres, lo seguí a todas partes, le fui fiel. Y me sirvió para acabar mis días en una cueva, ajeno al mundo, escondido de todos, solo.
- ¿De quién hablas?
- De un judío que quiso ser rey. - El joven se mantuvo en silencio unos momentos. La mirada del enjuto anciano de la larga barba y la piel seca se perdía en la negrura interior de la cueva.
- ¿Por qué vives retirado aquí, en medio de ningon sitio?
- Por cobardía. Quizás debí matarme, como dije. Ahorcarme. Pero no tengo valor. Y mi corazón ya no soporta el secreto que en él guardo.
- ¿Cómo te llamas, anciano?
- Hace tantos años que nadie me pregunta mi nombre, que casi lo he olvidado. Yo era la Alabanza a Dios. Mi nombre es Judas. Judas Iscariote.

1. New London, Estados Unidos. Llovía a cántaros sobre la pequeña ciudad de New London, en Connecticut. Los únicos que se movían por las calles, en medio de la desapacible noche, eran algunos automóviles con sus luces desvaídas por el aguacero. La mujer había corrido rasgando la cortina de agua, e intentando protegerse con su gruesa gabardina y su gorro, hasta la puerta de la iglesia católica polaca de San Pedro y San Pablo. Tosía mucho, con una tos que sonaba irónicamente seca. Detenida bajo el arco que protegía la entrada, se sacudió como un perro empapado y llamó al timbre. El sonido pareció perderse en la soledad de la oscura noche. La mujer insistió repetidas veces, hasta que por fin una voz sonó desde dentro, retumbando en los muros interiores como un eco de otro mundo. ¡Ya va! ¡Ya va! Va usted a quemar el timbre. Un sacerdote en pijama y bata abrió la pesada hoja de madera de la puerta. Era de mediana edad, con el pelo cano y desaliñado y el rostro ancho. Tenía una altura considerable, a pesar de cierto encorvamiento de espalda con el que había nacido. Al menos levantaba veinte centímetros sobre la mujer que lo había despertado a esas horas tan intempestivas.
- ¿Qué es lo que quiere? - dijo el sacerdote, sin reconocer a quien fuera tantas veces a su iglesia.
- Confesión, padre. Necesito confesarme. Ahora mismo.
- ¿Seguro que no puede esperar hasta mañana? No creo que esté usted en peligro de muerte, como para pedir que la confiesen a estas horas. La mujer esbozó una amarga sonrisa y replicó en tono angustiado: Le juro por Dios que lo necesito. Ahora.
- Ande, ande, pase. Está usted calada - dijo el cura, haciéndose a un lado para dejarla entrar. - Y no use el nombre de Dios en vano.- Aquella mujer, una médico psiquiatra llamada Audrey Barrett, no había usado el nombre de Dios en vano. No aquella noche.
En el momento en que atravesaba el umbral de la iglesia, un trueno rasgó el enfurecido cielo. Y la lluvia pareció intensificarse aún más. Millones de seres dormían a esas horas, plácidamente, sin sospechar siquiera el horror inimaginable encerrado en el secreto que la doctora Barrett ya nunca llegaría a comprender. No sabía cómo explicar al párroco lo que le había sucedido; cuál era el secreto que llevaba en su alma. Un secreto que ni la misma muerte podía borrar. Algo que había comenzado tan sólo unas semanas atrás.

2. Boston, Estados Unidos. Fuego. Las llamas sobresalen por encima de los edificios a diez manzanas de distancia. El camión toma una curva a toda velocidad. Se oye el chirriar de los neumáticos por encima del aullido de la sirena. Una mujer y su hijo pequeño ven alejarse al camión de bomberos que ha estado a punto de atropellarlos. El chico nuevo se ha abierto la cabeza contra el marco de la ventana, por el fuerte bandazo. Tenía que haberse quedado en la escuadra. Aquello le viene grande a un novato. Le cae un reguero de sangre por la cara, y los otros ven en eso un mal augurio. Es un incendio de los malos. Nadie lo comenta, pero todos lo saben. Se les nota en la cara y en el miedo con el que observan las llamas cada vez más próximas. Ojalá nadie muera hoy, dicen esas miradas. - ¡Preparaos! - Grita el jefe del equipo. El camión se detiene frente a las puertas del convento. Sienten un azote de calor cuando saltan a la calle. Son los primeros en llegar. Y tienen delante de los ojos el Infierno. Se oye un fragor siniestro. Las llamas iluminan la noche, pero hacen también más profundas las sombras que no alcanzan. - ¡Dios mío! - Susurra el novato. Se ha puesto un parche en la cabeza que ha conseguido reducir la hemorragia, pero aún tiene la cara manchada de sangre. - ¡No te quedes ahí parado como un imbécil! ¡Desenrolla la manguera, o quítate de en medio! - El bombero que grita al novato ha visto ya muchos incendios. Sin embargo, ninguno como éste. Tiene la boca seca, pero intenta tragar saliva de todos modos. La cruz del campanario está envuelta en llamas que parecen querer devorarla. El fuego es como un ser vivo. Cualquier bombero lo sabe. Aunque hay algo en este incendio, en este fuego. Ahora es él quien está portándose como un imbécil. Allí parado, pensando estupideces. Hay algo en este fuego que no está bien, se dice, sin poder evitarlo.
- Vamos, vamos, vamos! - les grita a sus hombres. - Apuntad la manguera hacia allí! - ¡No! ¡ Hacia la derecha! ¿Estáis todos dormidos, maldita sea? ¡Que el fuego no cruce la calle! - ¡Quedará fuera de control! Es lo que le falta añadir. Pero lo que dice es: Fred, llama a otros dos equipos enseguida. Le da un golpe a Fred en el hombro, como si eso pudiera acelerar las cosas. Él mismo se echa a correr hacia donde se concentran los supervivientes del incendio. Todas son monjas. Y eso resulta extraño. Miran horrorizadas cómo arde su hogar. Siente lástima por ellas, pero no está ahí para consolarlas. Ahora no.
- ¿Queda alguien dentro? La joven novicia a la que pregunta ni siquiera le mira. Él se coloca delante y pone las manos en sus brazos, con delicadeza.
- Escúcheme, hermana, ¿sabe si queda alguien dentro?
Habla muy despacio, aunque lo que desearía es zarandearla para que reaccione. Ella no contesta y él no puede perder más tiempo. El tiempo lo es todo en un incendio. Deja a la novicia para ir a preguntar a otra monja. Y entonces oye un hilo de voz que dice:
- Estábamos cenando. Empezó en la cocina. Salimos todas juntas. Todas las hermanas están a salvo. Pero Daniel. Él no ha querido salir. La hermana Mary y yo fuimos a buscarlo, pero él no ha querido salir. No encuentra su rosa. ¿Dónde está ese hombre? Tuvimos que dejarlo, ¿me comprende? ¡No queríamos morir allí con él!
La monja empezó a sollozar, y el bombero tuvo que contenerse de nuevo.
- Dígame dónde está Daniel, hermana, quizás aún podamos salvarle. ¡Sí?
La novicia desvió por primera vez la mirada del fuego, y la posó en sus ojos. Sí, quizás aún podamos. Estaba en su casa. Por detrás del convento. No sé si seguirá allí. El bombero regresó corriendo al camión y cogió un equipo de respiración y un extintor portátil.
- Ya vienen de camino dos grupos completos, jefe - dijo el bombero que salía en ese momento de la cabina.
- Bien. Ayuda a Johnson y Peters con la manguera, y no dejéis...
- Que el fuego cruce la calle, lo sé. ¿Dónnde va usted?
- Queda un hombre ahí dentro.
El otro bombero miró al edificio en llamas.
- A estas alturas ya debe de estar muerto.
- Es posible. Haz lo que te he dicho.
El bombero jefe se dirigió a la entrada del convento. De espaldas, gritó:
- Pide también una ambulancia. Si no he vuelto en quince minutos, que nadie vaya a buscarme. Es una orden.
Pensó en sus dos hijos, y sintió deseos de no entrar en ese infierno. No es fácil estar dispuesto a sacrificarse por otro. Nunca lo es. Las llamas parecieron redoblarse, desafiándole. Emergían por los huecos de las ventanas, entre un humo negro y denso. El suelo era un caos de cenizas incandescentes, madera chamuscada y cristales rotos. Empezó a musitar una oración que le había enseñado su madre siendo niño y que casi no recordaba. Pero Dios no oiría su rezo. Estaba muy lejos de allí. Mucho más de lo que el bombero podría suponer. Decidió rodear el edificio por su lado izquierdo, donde el fuego era menos intenso. Se movía deprisa, pero con cautela. Un paso en falso y dos niños crecerían sin su padre. En momentos como éste se preguntaba por qué quiso hacerse bombero. Pero debía alejar esos pensamientos y concentrarse en lo que estaba haciendo: apartarse cuanto fuera posible de las ventanas, vigilar las cornisas y el campanario. Dios, iba a derrumbarse en cualquier instante. No soltó el aire de los pulmones hasta alcanzar por fin el patio trasero. Sólo entonces se dio cuenta de que había estado conteniendo la respiración. Un poco más y su ropa protectora habría ardido por el calor extremo. Al menos le pareció que eso era posible. Tenía encharcado el cuerpo. Llevaba la máscara de oxígeno tan apretada, que el borde le hacía daño en el rostro. Los bomberos también tienen miedo, pensó-. Y era cierto. Pero eso no les hace desistir. Tampoco a este bombero, que empezó ahora a correr hacia el extremo del patio. Allí estaba la edificación a la que se refiría la novicia. El fuego la hab'a alcanzado. Su tejado de madera era una pira llameante e hipnótica. El tal Daniel debía de estar ya muerto, sí. Abrió la puerta de una patada. Apenas conseguía ver. Todo estaba lleno de humo. Sobre su cabeza, las llamas se extendían por el techo, acariciando la madera antes de devorarla. Encendó la linterna y se adentró en la habitación. -¡Daniel! Nada. Un crujido hizo que su corazón se detuviera. Se lanzó al suelo. Notó un fuerte impacto en el costado cuando un trozo de viga ardiente lo golpeó. Su chaqueta se había rasgado y las llamas consumían el forro. No encontraba el extintor. Estaba quemándose. Sentía cómo el fuego trataba de alcanzarle la piel y abrasarla. Se retorció para librarse de la viga y apagar las llamas. Gemía como un niño mientras se quitaba la chaqueta y la bombona de oxígeno. Le faltaba el aire. Aún seguía con la máscara puesta, pero ya no estaba conectada a la bombona. La arrancó de su cara, inspirando al mismo tiempo con todas sus fuerzas. El humo le llegó al fondo de los pulmones, haciéndole doblarse y toser con violencia. Pudo contener las náuseas por muy poco. De no ser por la bombona, la viga le habr'a partido la espalda, pero el impacto rompió la válvula dejándola inservible. ¡Daniel! El humo era más denso que nunca. Los ojos le ardían y era incapaz de dejar de toser. El piso inferior estaba ahora en llamas. Se sentía acorralado. Hasta la más pequeña fibra de su ser le exigía que huyera. Daniel se había marchado, o ya estaba muerto. Eso argumentaba su cerebro. - ¿Dónde - tosió -diablos está? Algo se movió en la cama. Fue una leve sacudida de las sábanas. El bombero se dirigió hacia ella sorteando unos muebles en llamas y lanzando miradas temerosas hacia el techo, que no tardaría en derrumbarse por completo. Los niños se esconden debajo de la cama cuando tienen miedo. Se agachó y levantó las sábanas. Unos ojos muy grandes, muy asustados, le devolvieron la mirada. -¡Tenemos que salir de aquí! - gritó el bombero, sorprendido al ver que Daniel era un anciano. Daniel lo mir- como si no le entendiera. Su respiración era entrecortada, angustiosa. -No. Encuentro. Mi rosa. A la mente del bombero acudieron las palabras de la novicia: "No ha querido salir. No encuentra su rosa". Era increíble la estupidez que estaba oyendo. Sintió deseos de romperle la cara a aquel imbécil. Él estaba jugándose la vida para rescatarlo, el fuego los rodeaba, y a ese hijo de mala madre sólo le preocupaba una maldita rosa. -Si no sale de ahí, le juro por Dios que yo haré que salga. Un nuevo crujido engulló la amenaza y el ataque de tos que le siguió. El bombero se encogió contra la cama cuando medio techo se vino abajo entre un mar de llamas y brasas. Daniel lanzó un alarido terrible y se escurrió de debajo de la cama con violencia, derribando al bombero. Era increíble que aún tuviera fuerzas para eso. -¡Vuelva aquí! Lo vio dirigirse escaleras arriba. Fue tras él, maldiciéndolo. El tejado estaba ardiendo; también lo que quedaba del suelo. Y en medio de las llamas se encontraba Daniel, rebuscando desesperadamente entre los muebles que ardían. Respiraba con estertores y estaba quemándose las manos, pero no desistía. Se le oyó balbucear algo ininteligible: -No encuentro mi rosa-. Al bombero se le encogió el corazón. Estaba contemplando la locura. Las maderas del suelo vacilaron bajo su peso. Pero tenía que rescatar a Daniel. Éste no le prestó atención cuando el bombero llegó a su lado. Segundos después, el mundo se sumió para Daniel en la oscuridad. El bombero evitó que cayera y se lo echó sobre el hombro. Pesaba tan poco. Era de día. Hasta la noche más larga acaba siempre por terminar. Y la noche anterior había sido muy larga. De las más largas que el bombero Joseph Nolan recordaba. Llegaron a juntarse diez camiones cisterna, pero por fin contuvieron el incendio. Todo estaba arrasado, sin embargo. De lo que fue un hermoso lugar de oración sólo restaba una pila ennegrecida de escombros todavía humeantes. Se repitió que jamás había visto al fuego ensañarse de ese modo con ningon edificio. Algo así debió de ocurrir en 1972, cuando nueve camaradas cayeron en el incendio del edificio Vendange, incluido el padre de Joseph. Fue la mayor tragedia del departamento de bomberos de Boston. Hacía calor, pero él sintió un escalofrío. Le dolía la espalda, y de vez en cuando le sobrevenía un ataque de tos. Nada grave, en el fondo. El médico le dijo que había tenido suerte: si hubiera tragado un poco más de humo, ahora estaría como Daniel. Pobre hombre. Después de que la ambulancia se lo llevara, se enteró de que era retrasado mental y de que no había nada en este mundo a lo que tuviera más aprecio que a una planta que poseía: su rosa. La maldita rosa que por poco les cuesta la vida a ambos, que quizá iba a costarle la vida a Daniel. El bombero no estaba seguro de qué hacía allí. Él no era de los que vuelven al lugar del crimen. Después de salir vivo de un incendio lo único que deseaba era olvidarlo todo, abrazar a sus hijos y regresar a casa. Nada más. Pero hoy no había podido resistir el impulso. Rodeó el edificio por el lado izquierdo, como hizo esa noche, y llegó hasta los restos calcinados de lo que fuera el hogar de Daniel, un antiguo establo que compartía con sacos de tierra y abono, y con las herramientas propias de su trabajo de jardinero del convento. Se subió al montículo de escombros. De él sobresalían maderas ennegrecidas, como una hilera de dientes putrefactos. Un pájaro se posó sobre una de ellas. La vida siempre continúa. El bombero lo asustó al moverse y el pequeño animal voló hasta un resto de la antigua pared. Fue entonces cuando la vio. Era una maceta. Joseph se aproximó hasta ella, espantando de nuevo al pájaro, que pareció dirigirle esta segunda vez una mirada de reproche. Por alguna milagrosa razón, la maceta y su planta se hallaban intactas. Pero la rosa de Daniel no era más que un palo seco y muerto. Ya lo era antes del incendio.








 
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